Cuánta más belleza, más fuera del tiempo y de la pena, más inmortales.

26 marzo 2017

¿Por qué no me besas?:



¿Qué otra cosa cabe esperar de unas vacaciones a destiempo además de escapar de la rutina? Tenía un motivo más importante (que no revelaré) para salir de la gris y, por otra parte, bendita rutina (sin ella no existiría la sorpresa de lo inusual). Hace unos días que volví de Francia, de unas vacaciones a destiempo, tanto viaje en tren ha hecho que haya perdido doscientos gramos de mi masa corporal, lo que de verdad no me esperaba y es un claro síntoma de que la felicidad existe, máxime después de haber leído por algún sitio que la grasa acumulada en la cintura influye en las hormonas sexuales. Desde que he vuelto, los recuerdos de ese viaje se fijan en mi memoria como postales, reflejando mundos de ensueño, paisajes que te reviven y te inyectan el veneno de la belleza, aunque no hay que irse a Francia para encontrarlos. Lo sé.


Me quise traer Colliure, pero no me dejaron.
Colliure es un pueblecito situado en la frontera de Francia con España, un lugar encantador y pintoresco, protegido por montañas y abrazado por el mar, con un castillo medieval, un faro, un cristo sobre el mar y unas casitas de colores. Toda una acuarela de colores vivos a los que la luz dorada de la puesta de sol teñía de un aire de irrealidad que me recordaba los delicados y fantásticos dibujos de Walt Disney.









En medio del pueblo hay un pequeño cementerio, tan pequeño como grande es la figura del gigante que está enterrado allí: D. Antonio Machado. Recogido en la atmósfera de luz y silencios intemporales, a la sombra de unos cipreses, mecido por la brisa, Don Antonio comparte tumba con su madre (que apenas le sobrevivió unos días en el amargo exilio). Sus nombres se leen tallados en la austeridad de la piedra, con letras sencillas, en negro, sin adornos, y cubierta de flores marchitas, descansa en la certidumbre de que se fue de este mundo como profetizaba en sus versos:  



Hay poetas buenos; otros grandes; algunos muy buenos; unos pocos extraordinarios. Pero Don Antonio es más que todo eso: es leyenda. Viví con una emoción, inesperada e incontenible, aquel instante frente a su tumba al recordar sus últimos versos. Al poco de ser enterrado, encontraron en el bolsillo de su gabán un papel con sus últimos versos, unos versos que serían el comienzo de un poema que nunca terminó, acaso el poema más bonito jamás escrito, los versos decían:

Estos días azules y este sol de la infancia

Deslumbrantes como un rayo: Días azules… sol de infancia…En momentos especiales mi mente va una y otra vez a esos versos: cuando la vida es azul, cuando el sol, cuando la infancia. Todo junto es aún más dulce si cabe. Qué maravillosa satisfacción sientes cuando encuentras unos versos que justifican la imposible teoría de que unas palabras valen más que mil imágenes. Y qué maravillosa satisfacción cuando escuchas la canción que representa todo eso: La mer, de Charles Trenet, en la versión de Charles Trenet. (Ahora que pienso, me gustaría hacer un vídeo para esta legendaria canción).

Al fin tenía tiempo para detenerme a contemplar la belleza del mundo, extrañamente segura de lo importante que es. Jane Birkin, la que susurraba a ese señor que tenía cara de caballo: Jet`aime moi non plus, estaría de acuerdo conmigo, pues ha confesado que valora más que nunca la belleza del mundo gracias a su edad. Me llevó toda una mañana ver las vidrieras góticas de la Catedral de Narbona y apreciar el lento giro de los rayos del sol sobre el calidoscopio gigante. Cabe pensar que hicieron esas vidrieras para quitarte la respiración e irte con ellas al cielo. Me deslumbró cada escultura, cada detalle, cada obra de arte que salía al paso. Hasta me tragué el rezo de un rosario en francés, lo que no se debió a un arrebato místico, era la trascendencia de lo intemporal que se respiraba en la catedral la que me exhortaba a ello. 




La poderosa estética de las catedrales siempre ha sugestionado mi pensamiento, sin embargo, confieso que lo que me sugestiona para escribir y vencer mi natural indolencia no es hablar de paisajes, ni del secreto de las catedrales; lo que me inspira es el factor humano cuando surge de la casualidad y cuando el azar conspira para que ocurra algo imposible.

La más pura casualidad paulausteriana quiso que mi compañero de asiento en el tren de vuelta desde Barcelona, resultase ser un antiguo compañero de trabajo al que hacía muchos años que no veía, desde que pidió una excedencia para iniciar un negocio textil, quién sabe si será un futuro Amancio Ortega. Era un compañero modélico, muy servicial, al que llamaré con el bonito y (ficticio) nombre de Leandro (del griego leandros: hombre agradable), especialmente amigable con las mujeres, en realidad amigo de todas y de ninguna. Condenados a pasar ocho horas juntos en el tren, quedaba descartada la posibilidad de hacernos los suecos. También quedaba descartada la posibilidad de entablar un diálogo audaz y divertido, así que la conversación transcurrió en los estrechos raíles de lo banal, con la inevitable la puesta al día: Qué ha sido de su vida, qué ha sido de la mía, qué ha sido de la de nuestros conocidos etc. Agotados los temas saqué de mi bolso un potente narcótico para dormir la siesta: mi libro. Pero en esto que no captó la indirecta y retomó la conversación, esta vez para adentrarse en el inquietante terreno de lo confidencial (algo insólito en alguien tan correcto, tan impecable y reservado), y sin venir a cuento me preguntó la cosa más extraña y peregrina que me han preguntado nunca, como si yo pudiese saberlo (Por supuesto, lo sabía):

-“¿Por qué crees que no gusto a las mujeres. A ninguna?”

La vida siempre te ofrece razones para el asombro ¿Qué le llevó a preguntarme algo así? ¿Cómo habría reaccionado él si en ese preciso momento hubiese sido yo la que le preguntase por ejemplo:
  
-¿Por qué no me besas?

¿Cómo habría expresado su asombro por un hecho tan inaudito? Seguro que habría buscado en la expresión de mi cara algún signo de enajenación mental transitoria. Miré de reojo su rostro hierático cuya boca se entreabría con una mueca de pez, sin expresión alguna, y acto seguido cerré los ojos, no sabía si hacerme la dormida, hacerme la sorda o pensarme bien la respuesta: conocía el motivo por el que nunca me gustó, sabía que la especie humana se habría extinguido si fuésemos la única pareja viva sobre la tierra, y sabía que –por idéntico motivo- no le podía gustar a ninguna otra mujer. Lo que no sabía era si sería capaz de decírselo.


Continuará

22 enero 2017

18 enero, 2017



PD. Ante todo: Muchas gracias Lobezno por tu adorable regalo, siempre esperado con ilusión e impaciencia. Como los colecciono, ya está en el lugar cómplice, donde las sirenas. Siento no haber podido darte las gracias hasta hoy: mil gracias multiplicadas por infinito!


Amanezco en Madrid por causa del trabajo. ¡En Murcia está nevando! Comienzo a recibir whassaps con felicitaciones y con fotografías y vídeos que envían de todos lados para avisarme que me estoy perdiendo un acontecimiento histórico. La nieve en la ciudad se percibe como un espectáculo insólito y mágico. La gente está eufórica, sale a la calle y se hacen fotos para inmortalizar algo que permanecerá inmarcesible en su memoria. Entorno los ojos intentando enfocar el recuerdo de cómo era ver nevar en Murcia y tengo que retroceder, ni más ni menos, que treinta y cinco años atrás: la nieve ha cuajado en el suelo y desde el piso 14 del edificio veo a las monjas salir al jardín del convento cubierto bajo un espeso manto de nieve: saltan, se tiran bolas de nieve y corren con sus hábitos alados como palomas negras sobre un mar blanco. Habría de olvidar muchos recuerdos en mi vida pero no el de aquella visión felliniana. Esa visión me hace que pegue los ojos al cristal y mire hacia la calle durante un buen rato; es Madrid, una calle cualquiera, no nieva, es un día frío y radiante. Se me hace tarde, tengo que darme prisa.





Llego tarde al lugar del trabajo: un inmenso escaparate del mundo globalizado y feria de vanidades: políticos, acompañantes y otros tunantes (me ha salido un pareado), algunos currantes: profesionales, azafatas, periodistas, comerciales, empresarios y negociantes. Y yo.  Pero el día no podría comenzar mejor: un regalo inesperado acompañado de un maravilloso reencuentro me compensa de no estar disfrutando de estar en Murcia viendo nevar.

Entrada la noche, de vuelta al hotel veo que sobre el escritorio han dejado una deliciosa tarta de chocolate con una vela y una nota del hotel escrita en letras mayúsculas que dice: “Estimada señora X todo el equipo del hotel X le deseamos un excelente cumpleaños! Esperamos que disfrute de este pequeño detalle” Es tremendo hasta qué punto te fichan desde el momento en que haces el cheking y das tu DNI en la recepción, pero sí que es un detalle y no me he resistido a enceder la vela dispuesta a cantarme el "cumpleaños feliz"




Sola, sentada sobre la cama frente a la tarta, con la mirada fija en la llamita, incapaz de una cosa tan simple como apartar los ojos de ella, he perdido el miedo a tener esa sensación de soledad infinita que me oprime el pecho cuando tengo un breve episodio de lucidez temeraria, y pienso: ¿Qué tienes hoy que no tenías ayer ni tendrás mañana? Presente. Lo único tangible. El tiempo no tiene vuelta de hoja porque no tiene libro de reclamaciones, si las tuviera, haría balance y pediría que no me hubieran hecho daño.

El día resulto ser una amalgama de acontecimientos maravillosos y lo que siempre ansío: instantes de belleza que se me revelan como pirotécnica silenciosa pero cegadora. 
  
Habré de olvidar muchas cosas en mi vida pero no este 18 de enero y no porque nevase en Murcia sino por aquellas tímidas palabras, ajenas a cualquier vestidura emocional, idealizadas, perdidas en el suave aroma de mares de porcelana.

Con los ojos alegres, una lágrima se desliza por mi mejilla y, con la mirada fija en la llamita, incapaz de apartar los ojos de ella, asiento en silencio: cumpleaños, feliz. 

02 enero 2017

Nuevo año y un gorrión




Porque no puede caber más grandeza en un cuerpo tan pequeño. Porque es una de las criaturas más hermosas e increíbles que ha dado la Naturaleza. Porque parece inmune a las trampas del corazón. Porque vuela en una sola dirección: hacia delante. Porque acaso se preste a ello, o qué se yo, pero me quedo mirando esta fotografía y pienso que “hoy es siempre todavía”.

02 diciembre 2016

El tirachinas humano









Y, si reía,
él le daba la luna…

(Fito Páez)


Muchas mañanas, casi todas; esas mañanas eternamente repetidas de los funcionarios (y que no son patrimonio exclusivo de la novela “La Colmena” de Camilo José Cela) mientras leo el periódico y me tomo un café cortadito, me propongo desde mi atalaya -en la mesa del fondo-  no fijarme más en él, pero cuando noto su presencia, no puedo evitar la pulsión de levantar la vista ante la inenarrable visión de los tirantes de un tipo que toma un café madrugador apostado en la barra de la pastelería. Siempre lleva una misteriosa mochila y un periódico bajo el brazo, que nunca lee, mientras los demás andamos como buitres al acecho para hacernos con uno de los diarios que el establecimiento pone a disposición de los clientes. No habría reparado en él si no fuese porque coincidimos a la misma hora en el mismo lugar, y por la incomprensible antipatía que siento hacia él. Bueno, en realidad me resulta indiferente, la antipatía es más una cuestión estética: me ponen nerviosa esos tirantes exhibidos a modo de enorme tirachinas, y también su descomunal tupé canoso. No se pueden combinar las nobles y distinguidas canas con un tupé hortera de los años ochenta, y tampoco se deberían utilizar los prácticos tirantes sobre la ropa como simple elemento decorativo. Lo llevaba pensando tiempo, intrigada por su trabajo, y si éste pudiese tener relación con los tirantes, la mochila y el tupé y, al fin, esta mañana decidí seguirlo. Salí tras él presurosa, pero me vi en serias dificultades para que no advirtiese mi persecución; primero se paró ante un escaparate de ropa de señoras a observar un chaquetón, yo también me paré frente a un escaparate cercano desde el que un adorable oso de peluche me decía: “quiero ir contigo”, ni de coña; los ositos, aparentemente entrañables y bonachones, me entristecen. Luego, el hombre de los tirantes, como si supiese que lo estaba siguiendo, hizo varias maniobras de despiste y aligeró tanto el paso que lo perdí al cruzar un semáforo. Otra vez será, me dije, o nunca, pues no me importaba a dónde se dirigía, en realidad sólo sentía una curiosidad estulta de saber algo más sobre unos tirantes andantes portados por un tupé de fiebre del sábado noche y edad indefinible. El hombre de los tirantes tiene aspecto de llamarse Liborio, pero también podría llamarse Ambrosio o Longinos. ¿Por qué? No sé, esta cuestión pertenece al siempre fascinante e inasible universo freudiano. Sumergida en tan trascendentales pensamientos, decidí regresar a la pastelería a tomar otro café y terminar de leer lo que más me gusta de los periódicos, las últimas páginas, las que no son de noticias ni de política, sino las crónicas de sociedad y cultura. Y Ohhhhh, hay una entrevista a un poeta que ocupa una página entera. Le preguntan por la presentación de su nuevo poemario “Ser el canto” (bonito título) y por otras cuestiones personales de carácter más íntimo: ¿Miedos? –le interroga el periodista- y aquél responde desde la sensibilidad poética: “No le tengo miedo a nada, porque tampoco tengo ningún deseo más allá de los básicos: me gusta comer, me gusta follar…” Ahí está la poesía, pero lo que me deja atónita no es el alarde de originalidad sino observar su foto y advertir que se trata de un hombre de mediana edad con ¡¡¡unos tirantes… sobre una camisa de leñador!!!... ¿Acaso imprimirá carácter utilizar tirantes como adorno? Sigo leyendo la entrevista y el poeta parece querer reconciliarse consigo mismo (y sus tirantes) preguntándose: ¿Quién coño soy yo realmente?

Yo me pregunto eso mismo, y me digo que quizás es más importante respetar lo que uno siente que hacer lo que conviene, aunque lo que tendría que hacer es ir inmediatamente a trabajar y no llegar tarde, máxime cuando al final de la mañana saldré disparada en dirección a la playa. Quiero ver la belleza, siempre espléndida, del atardecer sobre el mar. Y lo primero que quiero respirar y ver, nada más levantarme, es el mar.

Papá, hoy me acordaba de ti, especialmente te recuerdo en las frías mañanas de invierno, como ésta, cuando se aproxima la Navidad y ese triste día 21 de diciembre del fin del mundo. Hoy he aprendido algo importante y que no la necesidad de soñar:es que jamás me podría enamorar de un hombre que llevase tirantes. Qué sentido del humor tan surrealista nos dejaste en herencia, tú probablemente comprenderías lo absurdo de mi proceder, tú que cuando de niños nos portábamos mal, nos amenazabas con un castigo ejemplar que consistía en tener que comernos un pimiento morrón, castigo que, por otra parte, jamás hiciste efectivo. He de decirte que cada mañana, cuando salgo de casa y recorro la breve distancia que hay hasta el lugar donde trabajo, disfruto de la sensación de tener todo el cielo sobre mi cabeza y espero el momento mágico y (muy) divertido de reparar en qué estoy cantando, porque siempre voy susurrando una canción inspirada en lo que he soñado, en un  primer pensamiento, en una imagen, en un detalle; cualquier cosa que la mente asocia con algo que rescata del olvido en cualquier rincón ignoto del cerebro. En ese (insisto) mágico instante te das cuenta de que estás cantando: “Tengo un tractor amarillo (un tractor, ¡no un triciclo!)…” o: “Libertad, libertad sin ira…” o la de Alaska: “Soy la funcionaria asesina, buscada por la policía…” (ésta se me repite mucho, jaja), o  una en inglés: “Something stupid”, “Bblowing in the wind...” etc. Hoy la canción era solemne y premonitoria: “Estas son las cosas que me hacen olvidar, este mundo absurdo que no sabe a dónde va. Aleluya…”.

Atardeció y anocheció, como en un vídeo timelapse, y ahora, mientras escribo y contemplo la luna sobre el mar, es mi inconsciente el que escoge la canción: “Monriiiiiver wide than a mile…”. Mañana cuando esté frente al mar, en cambio, la elegiré yo. Y ya sé cuál será;  



Yo sé que allí, allí donde tú dices, vuelan las alas del agua…





13 noviembre 2016

04 noviembre 2016

Brindis al sol... y a la luna







(¡Pssssssssssssssssss, haz como que no viste nada!)

23 octubre 2016

Sonreír, ese placer



Y desafiando el oleaje
sin timón ni timonel,
por mis sueños va, ligero de equipaje,
sobre un cascarón de nuez,
mi corazón de viaje

(Peces de Ciudad. Joaquín Sabina)






Sábado. 
Habían pasado tantos años que pensé, con inequívoca nostalgia, que me gustaría volver a la playa a la playa de la Llana y ver si seguía estando igual que en aquel lejano y hermético recuerdo que, por otra parte, no tenía más trascendencia que la de una anécdota de verano. Se dice que no debes volver al lugar donde has sido feliz… Y así pasó, la playa (llena de algas), seguía siendo bastante bonita (por las dunas, sobre todo) pero insignificante comparada con el hechizo que el lugar ocupa en mi recuerdo. Como una constante vuelta sobre mis pasos: fui, vi y regresé con un dedo del pie roto (el mismo de siempre, siempre en las vísperas de un viaje) pues no había piedras a las que darles una patada pero sí suficiente barro en el sendero, para resbalar y parar la caída con el dedo.


Domingo. 
Somnolienta me preparo el desayuno y tomo asiento en mi minúsculo reino frente al mar, abrumada por su belleza siento la tentación del recuerdo, cualquier recuerdo que dejase en mí una nota pasional, fulgurante e impredecible. La memoria, siempre lo he dicho, es caprichosa: es capaz de apresar con férrea determinación la experiencia más banal y que la más trascendental nos resulte inasible. Una viejísima canción se asienta en mi cabeza: “mirando al mar soñéeeeeeeeee…” y siento el impulso visceral de tararearla. Y la tarareo. Pero consigo evitar la tentación de mirar atrás y miro fijamente el horizonte. Bendigo esta mágica y primaveral mañana de otoño, el presente absoluto, la sensación de paz muchas veces ignota, una verdad, una realidad con rumor de mar…




13 octubre 2016

Memorias de jabón







Hace unos días volví a ver por enésima vez “Memorias de África”. Luego me entretuve buscando información en Internet sobre la mítica escena de la selva: cuando Robert Redford le lava y aclara el pelo a Maryl Streep. Había diversas interpretaciones y matices sobre el lenguaje cinematográfico y narrativo de la escena, pero todas ellas unánimes en cuanto que se trata de una escena tremendamente sensual (acaso erotizante) cuando no romántica.

La memoria tiene un inmenso poder asociativo, es curioso cómo un hecho insignificante es capaz de traerte a la mente un recuerdo que parecía disuelto en el olvido (donde no habitan los recuerdos amados). Era verano, un pequeño grupo de amigos habíamos ido a bañarnos a La Llana, una playa semidesierta con hermosas dunas, junto a las salinas. Ese día vino Pedro, un estudiante de primero de Medicina, y trajo consigo a un amigo de Málaga que tenía invitado en su casa. Nos zambullimos todos en el agua, al rato los chicos se metieron mar adentro para bucear en las rocas y las chicas salieron del agua a tomar el sol en la arena. Yo me quedé a remojo (me gusta pasar horas en el mar, hasta que se me arruga la piel, en eso no he cambiado) con el amigo de Pedro, de cuyo nombre aunque quiera no puedo acordarme, sólo recuerdo vagamente sus ojos azules y su pelo negro ensortijado. En el breve espacio de tiempo que nos quedamos solos saltó la chispa de la atracción mutua, una chispa mojada por una prudente distancia en el agua, pero viva ¿acaso alentada por una extraordinaria simpatía, por una extraña y sugestiva conexión, por compartir la vista de unas hermosas dunas, por la sensación física del roce de las miradas? Pasado un rato el chico salió del agua y regresó con un botecito verde con tapadera blanca en la mano. Era inconfundible, se trataba de Edelmira, un conocido champú específico para lavar el pelo en agua salada, el único champú que hacía espuma en el mar (al parecer, otros no) dejando el cabello resplandeciente (detalle que sé que resulta apasionante). Para nuestra sorpresa el champú no hizo la reacción química esperada, se cortó sin hacer ni una pobre pompa de jabón, era como si su cabello escupiese el producto. Nos entraron ganas de reír. Lo hicimos. Sin saber por qué, con toda naturalidad, me ofrecí a lavarle el pelo y él se puso de rodillas delante de mí para facilitarme la labor. Cogí el bote de Edelmira que flotaba en el agua y repartí el producto por su cabello. Rápidamente comenzó a surgir la espuma entre mis manos. Le lavé la cabeza con suavidad, masajeando con la yema de los dedos cual avezada peluquera, pero con una lentitud impropia; le aclaré el pelo una y otra vez, y otra vez, hasta perder la cuenta, atrapados cómo estábamos por la intensidad de la sencilla y deliciosa sensación del contacto físico entre su cabeza y mis manos. Embargados por un extraño sentimiento, el tiempo se deslizó en un mar de espuma, entre la piel y la claridad: unos instantes o una eternidad. No sé.

Nunca le pregunté a Pedro por él. Nunca me acordé de aquello hasta que hoy, contemplando la belleza de la playa en otoño mientras pensaba en Memorias de África, me he visto sorprendida por la fuerza de la sensualidad en un lejano recuerdo de siluetas juveniles a contraluz, en un mar salpicado de pompas de jabón.



27 septiembre 2016

China (I Parte: Pekín)







video





Me resulta difícil condensar en palabras lo que mi viaje a China ha supuesto para mí y la magia que envuelve los recuerdos de este gigantesco país asiático. Hace tiempo oí que una persona es la suma de los libros que ha leído y de los viajes que ha hecho. Yo creo que también es la suma de los amores que ha tenido, En ese sentido, China ha sido un fugaz pero inolvidable amor de verano.



PD. Las fotografías han perdido mucha calidad al hacer el vídeo, y el vídeo no vale gran cosa, pero la mayoría de las fotos están bien, por eso las pongo a continuación con más nitidez (¡nada de miniaturas Lobezno!)

     
                                                        Aeropuerto de Amsterdam




 Mural en el aeropuerto de Pekín



Hotel Sheraton





                                                                         Templo de la Tierra





                                                                      Plaza de Tiananmén

                                                         
                                                           






                                                               
                                                                     Ciudad Prohibida



                                                                                                                             










Gran Muralla

A





Pekín

 

























Templo del cielo







Palacio de Verano